El 15 de febrero de 1937 falleció prematuramente a la edad de 56 años. Por la noche sufre un ataque al corazón, pero, con la esperanza de que se trate de un malestar pasajero, no despierta a su mujer y sólo a las siete de la mañana hace que llamen al médico de familia. Demasiado tarde, por desgracia.
Muere así, inesperadamente, uno de los hombres a los que se deben algunas de las páginas más importantes de la historia del automóvil. Intuición, originalidad y coraje son los rasgos que distinguen su trabajo de constructor. No resulta una coincidencia que su testamento espiritual sea un automóvil: el Aprilia.
El modelo, que parece unir la tradición de la empresa y las virtudes del hombre, es acogido en un primer momento con escepticismo y un cierto estupor.
La línea parece demasiado audaz y la técnica demasiado innovadora. Aún hay que esperar un poco para que este modelo de Lancia se convierta en el rey de la carretera: veloz, muy estable, con un estilo increíblemente moderno y que gusta a todos.
Sólo la genialidad de Vincenzo Lancia había previsto todo esto.